Francia, Estados Unidos y la revolución que la historia olvidó
- Isabelle Karamooz

- 20 may
- 6 min de lectura
La historia rara vez se borra de manera dramática. Con mayor frecuencia, desaparece silenciosamente bajo capas de relatos patrióticos, memorias selectivas y conveniencias nacionales. La Revolución Estadounidense, quizás más que cualquier otro mito fundacional del mundo occidental moderno, ha ocupado durante mucho tiempo ese delicado espacio entre la realidad histórica y la leyenda cuidadosamente construida.
Durante generaciones, los estadounidenses han abrazado la imagen de patriotas coloniales decididos que derrotaron al mayor imperio de la Tierra únicamente mediante el coraje, el sacrificio y la fuerza de voluntad. En Francia, mientras tanto, el extraordinario papel desempeñado por el reino de Luis XVI en la creación de los Estados Unidos ha permanecido curiosamente subestimado, eclipsado por la violencia y el simbolismo de la Revolución Francesa que estallaría apenas unos años después.
Episodio uno de la serie de 13 capítulos Retracing The Washington/ Rochambeau Revolutionary Route (from Newport, Rhode Island to Yorktown, Virginia)
Para Robert Sherretta, este silencio no constituye simplemente una omisión académica. Representa la misión central de su trabajo.
“Nosotros enfatizamos la palabra real”, explica Sherretta al hablar sobre su iniciativa sin fines de lucro, The Real American Revolution. “Porque realmente creemos que existen ciertos conceptos erróneos y mitos sobre la Revolución Estadounidense”.
Exejecutivo bancario convertido en investigador histórico y productor documental, Sherretta ha dedicado años al estudio de archivos, correspondencia militar, registros financieros y cartas personales de la época de la Guerra de Independencia. Lo que emerge de su investigación no es simplemente una reevaluación de hechos históricos, sino una profunda reconsideración de la manera en que las naciones construyen su identidad a través de la memoria.
Según Sherretta, tanto Francia como Estados Unidos terminaron creando versiones incompletas de una misma historia. En Estados Unidos, el orgullo patriótico elevó el mito de la autosuficiencia minimizando la ayuda extranjera. En Francia, la propia monarquía que hizo materialmente posible la independencia estadounidense fue borrada del relato nacional tras 1789. “La misma familia real que hizo posible que Estados Unidos existiera siquiera como nación”, reflexiona, “fue completamente apartada por la historia, barrida por su propia revolución.” Sin embargo, Sherretta insiste en que la magnitud de la participación francesa resulta imposible de exagerar. “La contribución de Francia fue enorme”, afirma. “No puede exagerarse bajo ningún aspecto”.
Lo que más le fascina no es únicamente la diplomacia, sino la brutal realidad material de la guerra. La imagen romántica de ejércitos coloniales organizados marchando con determinación hacia la libertad, sostiene, guarda poca relación con el registro histórico. A través de las cartas de Washington y diversos testimonios de primera mano, Sherretta descubrió un ejército marcado por el hambre, las deserciones, la falta de armamento adecuado y una desesperanza casi absoluta.
“Aprendimos una historia caricaturizada”, afirma con franqueza al referirse a su propia educación estadounidense.
Una y otra vez, George Washington envió súplicas desesperadas al Congreso advirtiendo que, sin una ayuda externa sustancial, la causa revolucionaria colapsaría por completo. Mucho antes de que Benjamin Franklin se convirtiera en la célebre figura diplomática en París, el apoyo secreto francés ya estaba transformando la guerra desde las sombras.
Sherretta destaca especialmente los esfuerzos, hoy prácticamente olvidados, de Silas Deane y Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, quienes organizaron clandestinamente envíos de mosquetes, cañones, municiones y pólvora hacia las colonias. Los estadounidenses, explica, carecían no solo de recursos, sino incluso de la capacidad industrial necesaria para sostener una guerra prolongada. “Los estadounidenses no sabían fabricar pólvora en cantidades masivas”, señala Sherretta. “Era una de las grandes deficiencias que tenían para combatir a los británicos”.
En la interpretación de Sherretta, incluso momentos decisivos como la Batalla de Saratoga no pueden comprenderse únicamente como victorias estadounidenses. Las armas y suministros franceses llegaron a las tropas coloniales en instantes críticos, permitiéndoles enfrentar a las fuerzas del general británico John Burgoyne de maneras antes impensables. Pero el contraste más impactante apareció más tarde con la llegada de Jean-Baptiste Donatien de Vimeur, conde de Rochambeau, y del ejército expedicionario francés.

Sherretta describe la escena de manera casi cinematográfica. Cuando los hombres exhaustos de Washington atravesaron Filadelfia, los civiles vieron, según sus palabras, “un grupo desordenado de jóvenes soldados desnutridos, muchos sin zapatos ni medias.” Luego llegaron las tropas francesas. “Uniformes blancos impecables”, recuerda Sherretta. “Mosquetes sólidos y resistentes, carretas perfectamente abastecidas, y el contraste era abrumador”.
La imagen revela mucho más que una desigualdad militar. Expone dos capacidades completamente distintas para sostener una guerra. Rochambeau no llegó únicamente con soldados. Llegó con artillería, ingenieros, coordinación naval, mantas, tiendas de campaña, cadenas de suministro, disciplina y, quizás lo más importante, credibilidad.


Una de las historias favoritas de Sherretta involucra carretas repletas de plata francesa tan pesadas que, según se cuenta, una de ellas atravesó el suelo de un granero donde había sido almacenada durante la noche. A diferencia del debilitado Ejército Continental, los franceses realmente podían pagar a los granjeros locales por alimentos y ganado. “Cuando el ejército francés pasaba”, explica, “los agricultores estadounidenses ofrecían su ganado, ofrecían sus cosechas… porque los franceses tenían moneda fuerte y plata para gastar”.
En comparación, las tropas estadounidenses hambrientas sobrevivían frecuentemente mediante confiscaciones y forrajeo desesperado. Sin embargo, la investigación de Sherretta finalmente trasciende la economía y la logística militar para adentrarse en algo mucho más humano. En el centro de su trabajo se encuentra la relación emocional que nació entre soldados franceses y estadounidenses durante la guerra.
Las cartas de Washington dirigidas a Rochambeau revelan no solo gratitud diplomática, sino una admiración y un afecto genuinos. “Washington escribió cartas sumamente cálidas y afectuosas a Rochambeau”, señala Sherretta, “agradeciéndole lo que para Washington fue la salvación que permitió crear nuestro país”.

Por las noches, ambos ejércitos compartían campamentos, comidas, historias y gestos improvisados para superar las barreras del idioma. Los soldados franceses, muchos provenientes ellos mismos de condiciones humildes en la Francia prerrevolucionaria, se sorprendían ante la relativa abundancia de las granjas estadounidenses. Los estadounidenses, por su parte, apenas podían comprender por qué miles de franceses habían cruzado el océano para luchar por una causa ajena. “Creo que los estadounidenses debieron sentirse profundamente impactados al ver que estos franceses subieron a barcos, cruzaron el mar e hicieron semejante viaje y compromiso para venir a ayudarlos”, reflexiona Sherretta.
Y, sin embargo, pese a esa intimidad nacida del sacrificio compartido, la memoria se desvaneció rápidamente.
Sherretta considera que el momento histórico resultó devastador para el reconocimiento de Francia. La inmensa carga financiera de apoyar la Revolución Estadounidense debilitó el tesoro francés justo cuando la monarquía comenzaba a acercarse a una crisis irreversible. “Las cantidades de plata y fondos necesarias para comprar todos estos suministros para los franceses eran enormes”, explica. “Eso contribuyó a la quiebra del tesoro francés y ayudó a desencadenar su propia revolución”.
Aún más notable, sostiene que numerosos registros financieros y obligaciones de deuda que Estados Unidos mantenía con Francia pudieron haberse perdido durante el caos de la Revolución Francesa. “Muchos de esos pagarés desaparecieron en los incendios de la Revolución Francesa”, afirma.

Esta compleja intersección entre gratitud, amnesia histórica y deuda moral inconclusa es lo que otorga profundidad filosófica al trabajo de Sherretta. Para él, la historia de la Revolución no trata únicamente sobre independencia. Habla de alianzas, humildad y de la peligrosa ilusión de la autosuficiencia nacional. “Solo los necios creen que una nación puede actuar completamente sola, sin ayuda de otros”, afirma con firmeza.
Sin Francia, sostiene, España probablemente jamás habría ingresado al conflicto. Sin Francia y España, las colonias no habrían podido derrotar a Gran Bretaña. Sin aliados, Estados Unidos quizás nunca habría existido. “Nosotros no estaríamos aquí sin la ayuda de amigos extranjeros”, afirma Sherretta. “Y solo por esa razón, deberíamos ser siempre humildes y agradecidos”.
A medida que Estados Unidos se aproxima a su 250.º aniversario, Sherretta cree que esta lección resulta hoy más importante que nunca. Sus reflexiones trascienden ampliamente el siglo XVIII y alcanzan las ansiedades y fracturas del mundo contemporáneo. “Si olvidamos la capacidad de cooperar y ayudarnos mutuamente”, advierte, “estamos condenados como nación”.
Tal vez ese sea el verdadero propósito detrás de tantos años de investigación.
No simplemente corregir inexactitudes históricas. Ni únicamente devolver protagonismo a nombres olvidados.
Sino recordarles a las democracias modernas que ninguna república nace completamente sola, y que ninguna sobrevive demasiado tiempo sin memoria, humildad, cooperación y el coraje de reconocer las deudas históricas que contribuyeron a forjarla.







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